Perro y gato en la misma casa: cómo hacer que se lleven bien
Perro y gato pueden convivir perfectamente, e incluso hacerse amigos. Lo que casi nunca funciona es juntarlos el primer día a ver qué pasa. La clave está en el ritmo.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
Depende del perro, no de la especie
La idea de que perros y gatos se odian es falsa, y viene sobre todo de los dibujos animados. Lo que decide la convivencia es la pulsión de presa del perro (el impulso de perseguir lo que se mueve rápido y pequeño) y el carácter del gato. Son dos cosas independientes del cariño: un perro con pulsión de presa alta puede ser estupendo con niños, con desconocidos y con otros perros, y aun así salir disparado detrás del gato en cuanto eche a correr, sin ninguna agresividad de por medio. Para él es un movimiento que dispara una respuesta automática, no una decisión. Por eso importa tanto el perro concreto y no la etiqueta de su raza, y por eso la pregunta útil antes de juntarlos no es «¿es bueno?», sino «¿qué hace cuando algo pequeño sale corriendo?». También cuenta la edad: un cachorro que crece con un gato lo tiene mucho más fácil que un adulto que nunca ha visto uno.
Antes de que se vean
La presentación empieza sin contacto. Se instala al recién llegado en una habitación propia con todo lo suyo (comida, agua, cama y, si es el gato, arenero y un sitio en alto) y durante unos días se intercambian olores frotando una manta o un calcetín con cada animal y dándoselo al otro. Que se huelan por debajo de la puerta es normal y bueno. Ayuda también intercambiarlos de espacio un rato: que el gato recorra la casa mientras el perro está en la habitación, y al revés, para que cada uno conozca el olor del otro sin tener que sostenerle la mirada. No hay prisa: esta fase puede durar de tres días a una semana, y en perros con mucha pulsión de presa, más. La señal para pasar de fase es que ninguno reaccione al olor del otro: ni bufidos, ni arañar la puerta, ni quedarse clavado olfateando la rendija.
El primer contacto visual
A través de una barrera: una reja para bebés, una puerta entreabierta con tope, un transportín. El perro atado y premiado por estar tranquilo y por apartar la mirada del gato, no por mirarlo fijamente (ese es el error más común: se premia al perro justo cuando está clavado, y lo que aprende es a clavarse). El gato siempre con una vía de escape en alto y sin sentirse acorralado; si se esconde, se acabó la sesión, no se le saca. Sesiones cortas, de dos o tres minutos, varias al día, y se termina siempre en positivo, antes de que ninguno se ponga nervioso. Conviene que el perro haya paseado antes: un perro que llega con energía acumulada reacciona mucho peor. Y si en algún momento el perro no acepta la comida, está demasiado activado y hay que ampliar la distancia.
Juntos en la misma habitación
Solo cuando el perro ignore al gato con la barrera de por medio, de forma repetida y en varios días. Al principio con el perro atado o con arnés y correa larga que puedas pisar, para poder frenar una persecución sin gritar ni perseguir tú también, que es lo que convierte un susto en un juego peligroso. Mejor empezar en la habitación más grande y con el gato con salida franca, nunca en un pasillo. Nunca los dejes solos hasta que lleves semanas de calma total, y ni siquiera entonces si el perro tiene una pulsión de presa fuerte: en ese caso lo sensato es separarlos cuando no haya nadie, con una reja o cerrando puertas, de forma indefinida y sin verlo como un fracaso. Una persecución que acaba mal no se olvida, y el gato tarda meses en volver a fiarse.
El territorio del gato
El gato necesita tres cosas que el perro no pueda alcanzar. Sitios en alto por los que el perro no suba (estanterías, lo alto de un armario, un rascador de techo), repartidos por la casa y no solo en una habitación, para que pueda cruzar el salón por arriba sin bajar al suelo. Un sitio donde comer tranquilo: los perros roban comida de gato, que lleva más grasa y más proteína y les encanta, y además un gato al que interrumpen mientras come acaba comiendo de noche o dejando de comer. Y un arenero al que el perro no tenga acceso, con dos motivos: muchos perros comen de la bandeja (desagradable y un riesgo de parásitos) y un gato que no se siente seguro en su arenero empieza a hacerse sus cosas fuera, que es de los problemas más difíciles de revertir. Una gatera o una reja con paso pequeño resuelve las tres.
Qué razas suelen ir mejor
Las de pulsión de presa baja: varias razas de compañía, muchos retrievers (que se criaron para traer la pieza intacta y sin marcarla, no para matarla), y algunos molosos tranquilos. Y, sorprendentemente para mucha gente, bastantes galgos: en los rescates de galgos y podencos es habitual que los prueben con gatos y te digan con qué convive bien y con qué no, y esa información vale más que cualquier lista de razas. Los terrier son los más arriesgados, porque su oficio era exactamente cazar animales pequeños; los sabuesos siguen cualquier rastro que se mueva; y un lebrel sin probar es una incógnita. Dicho esto, la variación dentro de una raza es enorme: hay border collies que ignoran al gato y labradores que no pueden. Si adoptas, pregunta siempre si lo han visto con gatos; es el dato más útil que existe.
Cuánto tarda
De dos semanas a un par de meses, según los dos animales. Algunos acaban durmiendo juntos; otros llegan a una tolerancia educada de «tú por tu lado y yo por el mío», que también es un éxito. Forzar el ritmo, saltarse las fases o dejarlos solos demasiado pronto es lo que estropea la mayoría de las convivencias que fracasan.
Las señales de que va bien y de que no
Va bien cuando el perro deja de fijarse en el gato y puede apartar la mirada solo, cuando el gato baja de sus alturas y come y usa el arenero tranquilo, y cuando los dos se ignoran o se buscan sin tensión. Va mal cuando el perro se queda rígido y fijo mirando al gato (esa quietud tensa, con el cuerpo hacia delante, es la antesala de la persecución, no calma), cuando el gato bufa, se esconde de forma permanente o deja de comer, o cuando hay carreras. Ojo también con el juego que se pasa de frenada: muchas persecuciones empiezan como juego. Si ves lo segundo después de varias semanas, retrocede fases sin darle más vueltas, y si no mejora, pide ayuda a un educador o a un veterinario etólogo antes de que se consolide: un patrón de persecución repetido es mucho más difícil de deshacer que de prevenir.
Pueden convivir de sobra, pero no el primer día. Intercambia olores, preséntlos por una barrera, premia la calma y dale al gato alturas y un arenero a salvo. Sin prisa.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.