El primer día en casa: qué hacer y qué no
La tentación es celebrarlo: enseñárselo a todo el mundo, sacarlo a pasear, jugar sin parar. Casi todo eso es contraproducente. Lo que necesita el primer día es aburrimiento y previsibilidad.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
Lo que hay que tener antes de que llegue
Una cama o transportín en un sitio tranquilo, apartado del paso pero no aislado: ni en mitad del salón ni encerrado en el trastero. Comedero y bebedero. El mismo pienso que comía donde estaba, para no cambiarle la dieta el mismo día que le cambias la vida entera; si la protectora o el criador no te dan una bolsa, pídeles al menos la marca. Correa y arnés (mejor arnés que collar los primeros días, porque un perro asustado se escurre de un collar con una facilidad que sorprende), con una chapa identificativa con tu teléfono puesta desde el primer minuto. Un par de juguetes para masticar. Bolsas. Y la casa revisada: cables recogidos, productos de limpieza guardados, plantas tóxicas fuera, ventanas y balcones asegurados, y cualquier cosa pequeña que se pueda tragar, en alto. Ten también localizado el veterinario de urgencias más cercano antes de necesitarlo.
La llegada
Sin recibimiento. Que entre, huela la casa a su ritmo y descubra dónde están el agua y su sitio. Nada de cogerlo en brazos, ni de que le persigan los niños, ni de enseñarle todas las habitaciones a la vez: mejor empezar acotando una o dos y abrir el resto en los días siguientes. Si se mete debajo de una mesa y se queda ahí tres horas, es exactamente lo que tiene que hacer: dejarlo, y que la comida y el agua estén a su alcance para cuando decida salir. Antes de entrar en casa, un paseo corto por la manzana ayuda a que llegue más relajado y a que haga sus cosas fuera. Y si vienes en coche desde la protectora, no lo sueltes en la calle ni para bajarlo: correa puesta antes de abrir la puerta del coche, siempre. Las fugas del primer día son más frecuentes de lo que parece.
Lo que no hay que hacer el primer día
Invitar a gente a conocerlo, por mucha ilusión que haga. Bañarlo, salvo que venga en un estado que no admita espera. Llevarlo al parque canino, que es el peor sitio posible para un perro recién llegado y sin vínculo contigo. Dejarlo solo para ir a comprar. Dormir con él si no va a ser la costumbre. Quitarle la comida o meterle la mano en el cuenco «para que aprenda quién manda», que es la mejor forma de fabricar protección de recursos. Y agobiarlo a caricias: la mayoría de los perros recién llegados toleran el contacto pero no lo disfrutan todavía, y lo que necesitan es espacio, no cariño a presión. Si tienes niños, la norma del primer día es que ellos van al perro solo si el perro va a ellos, nunca al revés, y jamás mientras come o duerme.
La primera noche
Suele ser mala y es normal. Llorar, gemir, levantarse varias veces, o al contrario, quedarse en un rincón sin moverse. Si es un cachorro, dormir cerca de él los primeros días (con el transportín o la cama al lado de la tuya) reduce muchísimo la angustia y no crea ningún vicio: se va alejando la cama unos centímetros cada noche hasta llevarla donde vaya a estar. Es de las pocas cosas en las que ceder al principio ahorra semanas después. Bajar a hacer pis a media noche las primeras semanas es parte del trato con un cachorro: su vejiga aguanta aproximadamente tantas horas como meses tiene, más una. Si llora, atenderle sin montar fiesta: salir, hacer pis, volver, sin juego ni charla, para que no aprenda que llorar significa que empieza la diversión.
La comida y el baño
Mantén su pienso anterior al menos una semana. Si vas a cambiarlo, hazlo mezclando en proporciones crecientes durante siete días, o tendrás diarrea. Es normal que el primer día no coma: el estrés quita el hambre. Si a las 48 horas sigue sin comer, o si vomita o tiene diarrea con sangre, al veterinario.
El paseo
Con un adulto vacunado, un paseo corto y tranquilo el primer día ayuda: cansa un poco, ayuda a que haga sus cosas fuera y empieza a construir la rutina. Mejor por calles poco transitadas y sin buscar encuentros con otros perros. Con un cachorro sin la pauta de vacunación completa, la recomendación actual es sacarlo igualmente pero en brazos o a zonas limpias y controladas, porque la ventana de socialización se cierra hacia las dieciséis semanas y no se reabre: perderla tiene un coste mayor que el riesgo razonable de un paseo bien elegido. Lo que hay que evitar son los parques caninos, los sitios donde orinan muchos perros desconocidos y el contacto con perros sin vacunar. Y nada de soltarlo, por muy bien que parezca ir: todavía no tiene ni un motivo para volver contigo.
La regla de los tres
Es orientativa pero describe bastante bien lo que pasa: tres días de susto, en los que el perro está apagado y no es él; tres semanas para coger la rutina y empezar a soltarse; y tres meses para ser del todo él mismo. Mucha gente se asusta en la primera semana porque el perro «no tiene carácter» o «está triste». Casi siempre solo está esperando a ver qué pasa aquí.
Las normas, desde el minuto uno
Todo lo que no vaya a estar permitido dentro de un año, no se permite hoy. Si no va a subirse al sofá, no se sube el primer día «porque acaba de llegar». Si no va a dormir en la cama, no duerme. Cambiar las reglas después es mucho más difícil para él que tenerlas claras desde el principio, y no es ninguna crueldad: es justo lo que le da seguridad.
Aburrimiento, rutina y espacio. Las visitas, los juegos y el parque, la semana que viene.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.