Las 157 razas

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24 de septiembre de 2026 · 5 min de lectura

Las razas que más ladran (y las que casi no)

Antes de elegir un perro para un piso, mira el ladrido antes que el tamaño. Es lo que más problemas causa con los vecinos y lo que menos se corrige, porque en muchas razas es el trabajo para el que se criaron.

Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web

Beagle
Beagle

Por qué unas razas ladran y otras no

Porque el ladrido se seleccionó a propósito según el trabajo. Un perro de guarda que no avisa no sirve para lo que se le pedía. Un terrier que caza alimañas ladra bajo tierra para señalar dónde está la presa y que el cazador sepa dónde excavar. Un sabueso aúlla para que se le oiga a un kilómetro entre el monte. Y a un lebrel que persigue por vista el ladrido no le aporta nada (delataría la caza), así que apenas ladra. No es casualidad ni carácter: son siglos de selección para cada oficio, y por eso el ladrido es de los rasgos que más varían entre razas y menos se pueden cambiar dentro de una. Conviene saberlo antes de elegir, porque es la queja de convivencia más frecuente y la que más adopciones fallidas provoca en piso.

Las que avisan de todo

Muchos terrier pequeños (yorkshire, jack russell, fox terrier, schnauzer miniatura) ladran corto, agudo y constante a todo lo que pasa por la escalera, y su ladrido tiene una frecuencia especialmente penetrante a través de un tabique. El chihuahua y varias razas toy, sobre todo por inseguridad cuando no se han socializado bien y por un refuerzo involuntario: son tan pequeños que a nadie le parece grave, así que se les deja. Y los perros de guarda (pastor alemán, pastores de rebaño, mastines) avisan por trabajo, con un ladrido grave que se oye de lejos. En un rellano con vecinos pegados, cualquiera de estos es un conflicto en potencia si no se trabaja desde cachorro. No significa que no se pueda vivir con ellos en piso: significa que hay que contar con ello desde el primer día, no cuando llega la primera queja.

Las que aúllan

Un capítulo aparte, porque el aullido no es un ladrido más alto: es otra cosa. Los nórdicos de trineo (husky, malamute, samoyedo) aúllan de forma casi musical, se contagian entre ellos y lo hacen sobre todo cuando se aburren o se quedan solos; es su forma de mantener el contacto con el grupo. Los sabuesos (beagle, basset, bloodhound) tienen un aullido de trabajo largo y sonoro, pensado precisamente para atravesar distancias. Es de lo que peor tolera el vecindario y de lo que menos se puede corregir, porque no responde a un estímulo concreto que se pueda quitar: responde a soledad, a aburrimiento o simplemente a que otro perro empezó. Con estas razas, lo que funciona no es enseñar a callar, sino que no se queden solas y aburridas, que es cuando aparece.

Las más silenciosas

Los lebreles encabezan todas las listas: muchos galgos y podencos ladran dos o tres veces al año, y hay dueños que tardan meses en oírles la voz. El basenji, directamente, no ladra: su laringe tiene una forma distinta y lo que hace es un sonido gutural propio, entre gorjeo y carcajada. Varios molosos grandes y tranquilos (el dogo de Burdeos, el san bernardo) son muy silenciosos pese a su tamaño, aunque roncan y babean, que es otro tipo de ruido. Y entre las razas de compañía hay opciones discretas, como el cavalier o el carlino. Aun así conviene mirar raza por raza y, mejor todavía, conocer al perro concreto: dentro de cualquier raza hay individuos habladores, y un galgo con ansiedad por separación puede ladrar cinco horas seguidas aunque su raza sea la más callada del catálogo.

Lo que se puede cambiar y lo que no

Se reduce muchísimo el ladrido por aburrimiento, el de ansiedad al quedarse solo y el que se refuerza sin querer (cuando le abres la puerta, le hablas o le das de comer justo después de que ladre). Esos tres juntos son la mayoría de los casos reales, y los tres tienen arreglo. Lo que no se quita es el ladrido de aviso de una raza criada durante siglos para avisar: se gestiona, se enseña un «ya vale» que corte la sesión en dos o tres ladridos en vez de veinte, pero no desaparece, y pretender lo contrario acaba en castigos que empeoran las cosas. Por eso, si vives pared con pared, elegir bien pesa más que educar bien: con un beagle en un tercero sin ascensor, la mejor educación del mundo parte con desventaja.

Cómo trabajar el ladrido excesivo

Primero, averiguar por qué ladra, que es el paso que casi todo el mundo se salta: aburrimiento, alerta ante algo concreto, ansiedad por soledad o demanda de atención. Cada causa se trabaja distinto y lo que sirve para una empeora otra. Una cámara barata apuntando al salón resuelve la duda en dos días: verás si ladra todo el rato o solo cuando pasa alguien. La regla general: no reforzar nunca el ladrido con atención, ni siquiera para regañar, porque para el perro que le mires y le hables ya es premio. Enseñar un «silencio» premiando el segundo exacto en que para, no diez después. Y cubrir la necesidad de fondo: un perro que ladra de aburrimiento necesita más cabeza (olfato, juguetes de comida, paseos con tiempo para husmear), no más regañina. Lo que nunca: collares de descarga o antiladrido, que no quitan la causa y añaden miedo.

Lo que dice la ley

El ladrido excesivo y continuado puede constituir una infracción por ruidos. Lo regulan las ordenanzas municipales, así que cambia de un pueblo a otro, pero el esquema es parecido: hay unos límites de decibelios y un horario de descanso nocturno más estricto, y las denuncias de vecinos por este motivo existen y prosperan, con multas y, en casos extremos, con procedimientos civiles. La comunidad de propietarios también puede actuar si el ruido se considera una actividad molesta. Dicho esto, lo importante no es la multa: un perro que ladra sin parar durante horas mientras no estás es casi siempre un perro que lo está pasando mal, y la queja del vecino suele ser la primera noticia que tiene el dueño de que su perro sufre cuando se queda solo. Conviene tomárselo como un aviso, no como un ataque.

Lo que importa

Si vives en un piso, mira el ladrido antes que el tamaño. El de aburrimiento y ansiedad se reduce mucho; el de aviso de una raza guardiana, se gestiona pero no desaparece.

Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.

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