Mi perro es miedoso: cómo ayudarle sin empeorarlo
Un perro miedoso no es un perro estropeado ni un perro que «se hace el débil». El miedo es una emoción real, y casi todo lo que la intuición nos dice que hagamos con él es justo lo contrario de lo que ayuda.
Por Javier, que ha convivido con una golden, una labradora y un perro de agua, y escribe todo lo que hay en esta web
De dónde viene el miedo
De tres sitios que se mezclan. De la genética: hay líneas y razas más sensibles que otras, y la timidez es uno de los rasgos más heredables que se han medido en perros. De la falta de socialización antes de las dieciséis semanas: lo que no conoció de cachorro (niños, hombres con barba, paraguas, suelos que resbalan, el metro) le da miedo de adulto, y esa ventana no se reabre. Y de experiencias concretas: un susto fuerte, un maltrato previo, un accidente, una pelea con otro perro. En los perros de protectora con historia desconocida suele ser una mezcla de los tres, y por eso no siempre se puede saber qué pasó ni hace falta saberlo para ayudarle. Hay además una cuarta causa que se olvida: el dolor. Un perro con artrosis o con un problema dental puede volverse miedoso o arisco sin que nadie le haya hecho nada, y eso lo descarta el veterinario, no el educador.
El mito de que consolarlo lo refuerza
Es la creencia que más daño hace. Dice que si acaricias a un perro asustado «premias» el miedo y lo aumentas. Es falso, y lleva décadas desmentido: el miedo es una emoción, no una conducta, y las emociones no se refuerzan con cariño, igual que a una persona aterrorizada no la asustas más por abrazarla. Puedes y debes darle seguridad: acercarte, hablarle tranquilo, dejar que se pegue a ti. Lo que sí conviene vigilar es lo que transmites tú. La correa es un cable directo: si te tensas al ver venir al perro que le da miedo, él lo nota antes de verlo. Y tampoco ayuda el exceso contrario, esa voz aguda de alarma disfrazada de consuelo («¡ay, pobrecito, no pasa nada!») que a muchos perros les confirma que algo va mal. Cuerpo suelto, voz normal y seguir andando dice mucho más que cualquier frase.
Lo que sí lo empeora
Forzar la exposición: obligarlo a acercarse a lo que teme «para que vea que no pasa nada». Eso se llama inundación y suele consolidar el miedo o convertirlo en pánico o en agresión por defensa. Tirar de la correa hacia lo que teme, o dejar que otros le invadan el espacio «porque son buenos con los perros». Regañarlo por tener miedo, que solo añade un motivo más para estar tenso. Y castigar los gruñidos, que es el error con peores consecuencias: el gruñido es un aviso, y un perro al que le quitas el gruñido a base de broncas no deja de tener miedo, deja de avisar, y pasa a morder sin previo aviso. También lo empeora el collar de castigo o de impulsos en un perro miedoso: le añade dolor o sobresalto justo en el momento en que ya lo está pasando mal, y aprende que lo que temía, además, duele.
El camino que funciona: distancia y buenas asociaciones
Se llama desensibilización y contracondicionamiento, y es más simple de lo que suena. Se expone al perro a lo que teme pero a la distancia a la que está tranquilo (puede ser media calle, o la acera de enfrente) y ahí se le dan cosas buenas: premios de los que le vuelven loco, juego, calma. Poco a poco, a lo largo de semanas, esa distancia se acorta. Lo que aprende es que lo que temía predice cosas buenas, no malas. Nunca se salta al perro por encima de su umbral, y hay una forma sencilla de saber dónde está ese umbral: si coge la comida, estás bien; si deja de comer, te has acercado demasiado y toca retroceder. Conviene además trabajar cuando tú tienes tiempo y paciencia, no con prisa, y dejarlo siempre en un momento bueno en lugar de estirarlo hasta que sale mal.
Los ruidos: tormentas, petardos, fuegos
Es un caso especial y muy común: se calcula que alrededor de uno de cada tres perros tiene algún grado de miedo a los ruidos fuertes. Necesita un espacio seguro donde refugiarse (muchos eligen el baño, un armario o detrás del sofá; déjale, no lo saques de ahí) y ruido de fondo que amortigüe, desde la televisión hasta un ventilador. Nada de obligarle a «enfrentarse» a nada. Fuera de temporada funcionan las grabaciones para desensibilizar, empezando a un volumen que ni se inmute y subiéndolo a lo largo de semanas. Las feromonas ayudan a algunos y a otros no, y en los casos fuertes hay medicación puntual que pauta el veterinario y que conviene tener antes de la noche de petardos, no durante. Una cosa más: revisa que el collar y la identificación estén en regla en esas fechas, porque en San Juan y en Nochevieja se pierden más perros que en todo el resto del año.
La paciencia como herramienta
El miedo se trabaja en semanas y meses, no en días, y hay recaídas. Un mal encuentro puede retroceder semanas de avance, y no pasa nada: se vuelve a la distancia segura y se sigue desde ahí. La prisa es el peor enemigo, y la comparación con otros perros, el segundo. Ayuda mucho llevar un registro sencillo (a qué distancia estuvo tranquilo esta semana, cuántos días buenos ha habido), porque el avance es tan lento que desde dentro no se ve y se tiene la sensación de que no sirve de nada. Ayuda también dar por bueno un techo: hay perros que llegan a pasear tranquilos por su barrio y no van a ir nunca a una feria, y eso es un éxito, no un fracaso. Un perro miedoso al que se respeta su ritmo casi siempre mejora muchísimo; uno al que se fuerza, casi siempre empeora.
Cuándo es para un profesional
Si el miedo es intenso, si aparece agresividad por defensa, o si condiciona la vida diaria (no puede pasear, no come, no duerme, se hace sus cosas en casa del susto), esto necesita un educador de refuerzo positivo o un veterinario etólogo desde el principio, no como último recurso. Cuanto antes se coge, más fácil es. Al elegir profesional, pregunta con qué método trabaja: si la respuesta incluye collares de impulsos, «dominancia» o «hacerle ver quién manda», busca otro, porque en un perro miedoso eso hace daño. Y no descartes la medicación por principio: en los casos serios no sustituye al trabajo de conducta, pero baja el nivel de angustia lo justo para que ese trabajo sea posible. Un perro en pánico permanente no aprende nada, igual que una persona no razona en mitad de un ataque de ansiedad.
El miedo es una emoción real: consuélalo, no lo fuerces. Trabaja a la distancia a la que está tranquilo y asóciale cosas buenas. Y no castigues nunca un gruñido.
Contenido divulgativo de Hocicos Dulces. No sustituye el criterio de un veterinario ni de un educador canino: cada perro es un individuo.